Pedro Fuentes
Extractos y comentarios de "Sobre
la Reorganización del Partido" -
"Nóvaya Zhizn", números 9, 13, 14
de 10, 13, e 16 de Noviembre de 1905.
Para una gran parte de los
militantes de izquierda, las ideas y la obra de Lenin son cuestionables.
Incluso muchos de ellos han asimilado la idea de que todo lo que tenga que ver
con Lenin es un fracaso. Este pensamiento ha sido heredado por nuevos
activistas y sobre todo por un sector de la juventud que tiene sanos
prejuicios contra la política, por culpa de la corrupción y el oportunismo,
que ve todos los días en la izquierda. Hay muchos que directamente no conocen
a Lenin y entonces escuchan que el leninismo fue algo bien lejano, ya superado
y, lo que es peor, estaría en el origen de las monstruosidades cometidas por
el stalinismo.
En efecto, la caída del
Muro de Berlín y el fracaso del llamado "socialismo real", fue utilizado para
hacer una asociación mecánica entre el stalinismo y el leninismo. Lenin
entonces apareció como si él, el partido que construyera y el Estado que
surgió de la Revolución de 1917, fueran el origen del mal, del stalinismo, que
es un producto de la degeneración de la revolución rusa y el Estado Obrero,
donde el poder fue tomado por una burocracia dictatorial. Para esas personas,
el stalinismo existía en germen en la concepción y la práctica leninista.
En los años 90 se difundió
de manera deformada y capciosa una real, legitima y viva polémica entre los
revolucionarios de comienzos del siglo XX, en la que se discutía sobre la
movilización de las masas y su capacidad para avanzar en la conciencia
socialista. Un elemento fundamental de este debate era la cuestión del factor
consciente, político: el partido.
Utilizando esa polémica (de la que
participaron Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky, Antón Panenkoek, entre otros),
sacándola totalmente del contexto, surgieron los intelectuales y profetas del
apartidismo, que niegan toda construcción de lo político y la herramienta
política. Posición que corre en paralela -o mejor dicho se complementa- con la
idea de que el mundo se puede cambiar sin tomar el poder del Estado.
Vivimos una situación
latinoamericana en la cual la realidad está resolviendo esa polémica por la
vía de los hechos. La actualidad de la necesidad de una herramienta política,
de una alternativa política de poder, se expresa a gritos en todos los grandes
procesos que hemos vivido en nuestro continente. En estos últimos años hemos
asistido a insurrecciones y revoluciones que depusieron presidentes y
cuestionaron el sistema político o los regímenes impuestos por los modelos
neoliberales. Dos presidentes en Ecuador, el argentinazo de Argentina, la
insurrección boliviana, son sólo algunos ejemplos. Esta realidad ha planteado
la necesidad de construir alternativas revolucionarias de poder, pero en
ninguno de estos procesos se concretaron. Algo similar se plantea en Brasil. A
pesar de que el proceso objetivo está más retrasado, la cuestión política y la
de qué tipo de construcción es necesaria, ha adquirido una importancia enorme
a partir de la crisis degenerativa del PT.
De ahí la importancia de recuperar a
Lenin, que sin duda ha sido el estratega y dirigente más capaz en la
conducción de una situación revolucionaria. En él se aunaron la movilización
de las masas con sus organizaciones soviéticas y un partido revolucionario
fogueado en años de luchas contra el zarismo y de polémicas internas y,
gracias al exilio al que fueron obligados muchos de sus cuadros, con una
fuerte tradición y cultura internacionalistas. Pierre Broué reproduce en su
libro "El Partido Bolchevique", un pensamiento de Preobrajensky en el que dice
que "Lenin más que un timonel era un cemento de masas". Precisamente fue ese
gran proceso de masas, que creó las organizaciones soviéticas y la existencia
de un partido íntimamente asociado y articulado con esas organizaciones, cuyos
militantes participaban activamente en ellas, lo que hizo posible la toma del
poder.
Algunos sectores de los que reivindican
a Lenin transformaron el "modelo" leninista en un dogma en el cual todo ya
está previamente decidido y calculado, cuando en realidad, el pensamiento del
líder bolchevique es antidogmático por excelencia. Tomaron especialmente como
referencia sus obras "¿Que hacer?" y "Un paso adelante dos pasos atrás" para
definir y formatear lo que sería el partido revolucionario sobre la base de un
rígido e inamovible centralismo (muchas veces no tan) democrático y con formas
de organización precisas y preestablecidas. Crearon una caricatura del régimen
interno del partido ruso, el centralismo democrático y la organización que, en
época de Lenin era profundamente democrático y sujeto a la situación concreta
de las tareas planteadas en ese momento (profundizaremos sobre el problema del
régimen leninista y sus deformaciones en la construcción de partidos en un
próximo número).
En este artículo,
reproducimos y comentamos extractos esenciales de uno de los más grande
trabajos de Lenin, aunque seguramente poco conocido, que muestra precisamente
al revolucionario antidogmático que cambiaba de posición audazmente para
responder a las situaciones concretas de la lucha de clases.
Se trata de un trabajo
sobre la reorganización del partido, escrito en los finales de 1905 cuando
estaba aun en curso la revolución de 1905 en la que el proletariado ruso
mostraba su gran capacidad política e insurreccional a través de grandes
huelgas y levantamientos de marineros y soldados. Era el momento en que, según
Lenin, el resultado del combate no estaba totalmente decidido. Con la
revolución se habían conquistado libertades que parecían imposibles. El
régimen zarista se vio obligado hacer grandes concesiones democráticas que
terminaron calmando a la burguesía, lo que le dejó las manos libres para
enfrentar al proletariado. La situación se modifica después de la derrota de
las huelgas generales de enero en San Petersburgo y en otras ciudades, donde
se hace patente la falta de participación del campesinado y el aislamiento de
la clase obrera urbana. Pero los últimos coletazos de la situación
revolucionaria llegarán hasta ya entrado el año 1906.
Este texto de Lenin debe
ser situado también dentro de la viva polémica que agitaba a la
socialdemocracia rusa. El POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata Ruso) fue
fundado en un congreso en 1898 - casi todos los delegados fueron luego
apresados y muchos se exiliaron. Desde ese primer congreso, hasta el estallido
de la revolución de 1905, fueron años de debates intensos sobre la
organización de la socialdemocracia. Primero, contra las posiciones de los
economicistas, que priorizaban la lucha económica (sindical) negando de hecho
el partido y la lucha política. Pero también contra el Bund (organización
socialdemócrata judía que pretendía autonomía política y organizativa con
respecto al resto del partido).
Ante la necesidad de realizar todos los
esfuerzos para crear un órgano político que fuera el centralizador de la de
los incontables grupos de socialdemócratas dispersos que había en toda Rusia,
sometidos a una intensa y permanente represión por el régimen autocrático
zarista, a mediados de 1903 se realiza el II Congreso en el cual se produce
una división -que nadie quería-, entre bolcheviques (mayoritarios) y
mencheviques (minoritarios). La razón de esta división no es programática,
sino aparentemente organizativa: el carácter de los miembros militantes del
partido.
Este texto de Lenin,
escrito en 1905, el cual reproducimos parcialmente más adelante, desmiente
cualquier caracterización de dogmatismo. Lo muestra en acción analizando la
política como una guía para la acción revolucionaria, analizando situaciones
concretas y asumiendo audaces políticas concretas. Una lección contra la
rigidez y el dogmatismo en la construcción del partido. Muy lejos de
teorizaciones generales y abstractas, Lenin se destacó en la política de
organización por ser el maestro de lo concreto contra todo diletantismo.